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25 dic 2009

Enojarse SIN herir.





Son las diez y diez y no llega.
¡Otra vez lo mismo! ¿Para que me habré apurado?
¡Me hizo venir a las diez, ya son las 10,17 y no aparece!
No pude ser, son casi las 10,20 y con todo lo que tengo que hacer todavía estoy aquí esperándolo.
¡Este es un desconsiderado!
Son más de 10,25. Ya me arruinó el día. ¡A ver con qué excusa viene! Espero hasta las 10,30 y me voy.
¡Ya me va a escuchar este…!
¡Ah viniste! ¡Sos un irresponsable… un irrespetuoso!
¡Yo corro para llegar a horario, pero vos sos el mismo desconsiderado de siempre!
¡La próxima yo voy a llegar a cualquier hora y a disfrutar dejándote plantado!


Frustración y enojo: Dos caras de la misma moneda.
Siempre que hay enojo, hay un deseo o necesidad no satisfecha; espero algo… y eso no sucede.
En el relato, quien llego puntual esperaba satisfacer su necesidad de que la otra persona estuviese a la hora acordada. Cuando la otra persona llega media hora tarde, se frustra por no lograr satisfacer su necesidad. Paso seguido: se enoja.
Al enojamos nos inunda una energía o fuerza adicional. A nivel orgánico se corresponde con la mayor segregación de adrenalina y de noradrenalina; el corazón late más rápido, aumenta la presión sanguínea y la mayor afluencia de sangre en músculos y brazos nos dispone para la acción física inmediata. Esta hiperactividad o plus de energía, es una fuerza extra que disponemos para reforzar las acciones destinadas a la autoafirmación y a obtener lo que necesitamos. En tal sentido el enojo no es un fin en si mismo, es una herramienta para resolver un problema.



“Yo nunca me enojo, pero cuando me enojo…”

Es común escuchar a quienes dicen no enojarse casi nunca; pero cuando lo hacen, se enfurecen de tal manera que parecen enceguecer.

Lo que les ocurre no es que casi nunca se enojan, sino que no lo registran adecuadamente o se aguantan la exteriorización de todos los pequeños enojos. Así resulta que la manifestación del enojo, queda supeditada solamente a dos opciones: todo o nada.

Si existiera alguna escala que de 0 a 10 midiese la magnitud de esta emoción, encontraríamos que generalmente estas personas no expresan el enojo hasta que éste no exceda de la puntuación entre 8 o 9. Pasada esa marca, la carga adicional de energía se hace cada vez más inaguantable, entonces los sobrepasa y estallan en una ira indiscriminada. Este estallido muchas veces es desproporcionado en relación a la situación que lo detonó; es la “gota que desborda el vaso” y el típico “pase de viejas facturas”.

El enojo que vamos “tragando” nos transforma en “bombas de tiempo”. Cuando explotamos en ira, la onda expansiva va hacia adentro de nosotros o hacia afuera. Si va hacia dentro, estamos enojados con nosotros mismos, por lo que nos maltratamos de varias maneras. Cuando va hacia afuera, descargamos (de formas sutiles o concretas) la energía del enojo contra quien consideramos culpable de nuestra frustración.

Nuestro personaje del relato inicial, en vez de aprovechar la energía del enojo en arbitrar lo adecuado para satisfacer su necesidad, la utiliza para agraviar y herir verbalmente. Por un lado lo descalifica (¡irresponsable… irrespetuoso... desconsiderado!) y por otro lado se toma revancha (¡voy a llegar a cualquier hora y a disfrutar dejándote plantado!). Apela al antiguo “ojo por ojo”, cual expresa la intención de lastimar al otro, por lo menos, tanto como él me lastimo a mi.



Golpe por golpe

Si la energía del enojo deja de ser un medio para satisfacer mi frustración y se convierte en un arma con la cual atacar y derrotar el oponente, entonces lo importante ya no será resolver el problema, sino ganar la pelea.

Cuando el objetivo es someter al otro, y si las dos partes hacen lo mismo, no pasará mucho tiempo para que el otro encuentre la oportunidad de replicar el golpe. Así se crea el clima de batalla propicio para iniciar una escalada de agresión en la cual ambos terminan heridos.

Esta acción no solo deja a las dos partes lastimadas, sino que a demás, deja sin satisfacer lo que estoy necesitando. Por lo tanto: sigo frustrado.


Qué hacer cuando me enojo

En principio resulta útil estar atento a los pequeños enojos. Es más fácil accionar antes de que estos aumenten su intensidad. Además que, como todo aprendizaje, es mejor empezar a ejercitarnos con situaciones más sencillas, en ves de comenzar con las mas complejas y extremas.

Vimos que junto a la emoción del enojo se produce una tensión muscular adicional. Es importante que la acción de descarga corporal quede diferenciada e independizada del impulso a castigar o al de hacer sufrir. Así que, como primer paso, es saludable aprender a descomprimir esa especie de “olla a presión” sin agraviar al otro. Hay quienes se descargan moviéndose físicamente (caminando, corriendo, saltando, etc.); están los que prefieren contar hasta diez… e ir calmándose de a poco; o aquellos que optan por hacer alguna relajación o meditación. Hay muchas formas de liberar la tensión acumulada, cada uno puede elegir la que más le sirva.

La descarga fisiológica, no es para que una vez tranquilos dejemos pasar la situación que produjo el enojo, es para que una vez calmados y relajados estemos en mejores condiciones de dilucidar y resolver el problema.

El paso siguiente, sería expresarle claramente al otro lo que a mi me pasa con lo que él hace.

Otra vez recurriendo al relato inicial, la persona enojada podría decirle: “Cuando quedamos en encontrarnos a una hora y no venís puntualmente, yo me enojo mucho con vos; me pongo nervioso pensando que se me complica todo lo que tengo que hacer después; y a demás siento que no sirve de nada que corra para llegar a horario” Esto se puede decir en tono y con gesto de enojo, no hace falta ocultarlo tras una vos y sonrisa “angelical”.

El decir lo que a mí me pasa tiene varios beneficios: Es una manera de reconocer y autoafirmar lo que estoy vivenciando; resulta ser otra forma de descarga físico-emocional. Pero además, al informárselo desecho la suposición de que el otro debería saber por sí mismo lo que a mí me pasa. Cuando únicamente le digo como yo me siento, sin atacarlo ni enjuiciarlo, estoy aportando mi parte para evitar el inicio de una escalada de agresiones.

Por último, puedo decirle a la otra persona que es lo que yo necesito de él y hacerle una propuesta para que corrija lo que hizo y, en la medida de lo posible, que no vuelva a repetirse. Volviendo al ejemplo del relato sería: “Te propongo que veamos la forma para que, de aquí en mas, aseguremos que llegaras puntualmente”

Si la otra persona acepta mi propuesta, habremos enriquecido la relación porque ambos supimos resolver el problema. Y cuanto más vivenciemos esta nueva experiencia, la asociación: enojo = pelea, será cada vez más una precaria creencia.


El que yo cambie, no obliga a cambiar al otro

En toda relación, es muy posible que si cambia una de las partes algún efecto de cambió se produzca en la otra. Pero no hay garantías de que esto ocurra. Al igual que yo no estoy obligado a hacer lo que el otro espera de mí, la otra parte tampoco esta obligada a hacer lo que yo espero de ella.

Puede ocurrir que, a pesar de haber expresado muy correctamente mi enojo, el otro siga sin hacer lo que yo necesito. En tal caso seguiré sin obtener lo que espero y no cesará la frustración. Si por ejemplo me enojo porque necesito agua y la persona de quien espero el vaso con agua no me lo da, seguiré frustrado y con sed. En tal caso, puede haber desencuentro (inclusive separación), pero por no haber peleas ni heridas que curar, estaré en mejores condiciones de conseguir en otro lado el agua que necesito.


Aprendamos juntos

Quien más, quien menos, nos guste o no, todos experimentamos enojo. De hecho, es una de las reacciones más antiguas que disponemos.

En lo albores de nuestra humanidad, se requería de la fuerza muscular para asegurar la satisfacción de muchas necesidades, por ejemplo la confrontación física ante la amenaza del espacio territorial. A pesar de que en nuestra vida moderna ya no se requiere de la fuerza física para satisfacer la mayoría de nuestras cotidianas frustraciones, nuestro cuerpo sigue brindándonos los mismos recursos del pasado para que obtengamos a la fuerza lo que esperamos.

Es nuestra tarea individual y colectiva el continuar evolucionando. Cuando alguien no hace lo que esperamos, o si algo no sucede tal como lo necesitamos, ojalá que estos no sean motivos para justificar batallas, sino que sean oportunidades para seguir aprendiendo a satisfacer lo que deseamos… pero sin herir a nadie… porque el daño no es un ingrediente necesario en la receta.



Juan Antonio Currado

Licencia de Creative Commons
Enojarse sin herir. by Juan Antonio Currado. http://sincronicidad-consciente.blogspot.com/ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en sincronicidad-consciente.blogspot.com.

22 dic 2009

Maltrato entre varones y mujeres.



Que un varón maltrate a una mujer, es mucho más que una contienda entre sexos. Es un problema que sufren (cada uno a su manera) mujeres y varones socializados en un modelo de jerarquías humanas respaldadas por la fuerza o la amenaza de fuerza.

Cuando un varón ejerce violencia para someter a una mujer, esta manejándose dentro de la misma lógica en la que nos manejamos para estar en guerra contra la pobreza, combatir el desempleo, derrotar la inflación, pelear el precio, atacar el cáncer, vencer la depresión, etc. Al centrar nuestras relaciones cotidianas en conversaciones de guerra, control, obediencia, competencia y propiedad, estamos participando de una cultura de dominación en la que “la vida es una lucha”; por lo tanto lo único que podemos hacer es “vencer o morir”.


Justificándose en ésa lógica, se reprime y maltrata a todos aquellos aspectos que se creen contrarios a la oportunidad de “vencer”. Así es que se incentivan y exaltan aquellos aspectos considerados vehiculizadores del “triunfo”, tales como la fuerza física, la iniciativa, la acción, la penetración, la exigencia, la tensión, el pensamiento, la razón y la percepción de la individualidad. Y como “la calle esta dura”, se mutilan o minimizan todos aquellos indicios de flexibilidad, capacidad de espera, contemplación, receptividad, sensibilidad, relajación, sentimiento, intuición o percepción de conjunto; considerándose a éstos aspectos quizás decorosos, pero poco prácticos para “la vida real”. Separado lo útil de lo inútil para “pelearle a la vida”, se piensa que los varones son los únicos dotados del primer grupo de las cualidades antes dicha; y que las mujeres son las únicas portadoras del segundo grupo; además, se considera a los aspectos masculinos como los ideales y a los femeninos como déficit o incompletud de lo masculino. En tal convencimiento resulta “natural” que se jerarquice al varón (y a sus atributos masculinos) por encima de la mujer (y a sus atributos femeninos). Así es que para respetar ése orden, los varones deben “ir al frente” y hacerse cargo controlando y sometiendo a las mujeres (y a todo lo que de señales de atributos femeninos), porque “a las mujeres hay que ponerlas en su lugar y tenerlas cortas para que no te dominen”. Si se las deja hacer lo que ellas quieren, se las percibe como una amenaza al orden pre–establecido, el que dice asegurar como vencer en la vida sin morir en el intento.



Sin embargo en la lógica planteada subyacen algunas creencias básicas que se retroalimentan unas a otras y que merecen ser revisadas desde una mirada distinta, la que por supuesto generara experiencias diferentes:

Una de ellas es creer que únicamente el varón tiene atributos masculinos y que sólo la mujer tiene cualidades femeninas. Sin embargo, estas cualidades o energías femeninas y masculinas no son sinónimo de mujer o de varón. Ambas energías están presentes tanto en varones como en mujeres; lo que varía de uno a otro es la proporción presente en cada uno de ellos. Cada conjunto de características constituye una organización funcional específica, y cada ser humano necesita para vivir de ambas calidades de recursos.

Otra creencia que sostiene al razonamiento antes presentado, es el pensar a estos aspectos como categorías separadas y aisladas entre sí, sin oportunidad de fructífera interpenetración.

Por último, esta también la creencia de que los atributos o energía masculina son mejores o superiores, y por lo tanto más valorados que los atributos o energía femenina.

Impulsados desde las creencias planteadas, se instruye a la mujer para exaltar sus cualidades femeninas, porque se cree que se es más y mejor mujer cuanto más energía femenina tenga (caso contrario se la calificara de “marimacho”); y el varón es educado exaltándole las cualidades masculinas, porque se cree que cuanto más energía masculina, más y mejor varón se es (de no ser así, se lo tildara de “maricón”). Se niega toda relación de nutrida complementariedad entre ambos aspectos de una misma unidad. Y si lo mejor y superior es el varón con sus atributos masculinos, para que “las cosas estén cada una en su lugar”, el varón reprime y maltrata no sólo a la mujer (en tanto representante externa de la energía femenina), sino que también reprime y maltrata en su universo interno a todos aquellos aspectos que tengan que ver con lo femenino. Por otra parte, la mujer recibe como “normal” su supuesta inferioridad respecto al hombre, e intenta conformarse cultivando sus aspectos femeninos; para lograrlo, reprime todo lo que tenga que ver con su energía masculina, o la subordina a los quehaceres de sus funciones femeninas.

Por supuesto que ante el hecho consumado de una mujer dañada y maltratada por el abuso de un varón, ella requiere ser asistida precisa e inmediatamente; pero ese es solo un aspecto de la situación. Observándose este problema de manera más amplia y profunda, se ve que en esta batalla librada entre dos mitades de la humanidad sufren y pierden tanto hombres como mujeres. Ambos desaprovechan la fecunda oportunidad de vivir en la complementariedad interna y externa de las energías femenina/masculina; y eternizan (con alto costo de sufrimiento) la lucha interna contra aquellas cualidades consideradas poco dignas para su sexo.

Cuando cada una de las energías masculina/femenina se disocian una de la otra, les falta el opuesto complementario que facilita un equilibrio armónico y vivificante. Entonces, al no poder disponer de los recursos aportados por el opuesto complementario faltante, la energía que queda presente se extrema y distorsiona; aquí es cuando el varón se entrona como dominador violento y la mujer resulta súbita víctima dominada.

Como “con las mujeres si te haces el tierno perdes”, el varón que golpea a una mujer (entrenado en vivir todo problema como un obstáculo que le impide alcanzar su meta) esta ejecutando impotentemente el único recurso estereotipado para derribarlo: la violencia. Si a alguien se lo entrena para “ser martillo”, es lógico que busque el lado “clavo” de las cosas para golpearlas y sentirse útil. Cuando la mujer es golpeada por el varón, también esta ejecutando impotentemente el estereotipo aprendido: adaptarse pasiva y sumisamente a cualquier adversidad impuesta; porque si bien sabe que “hay amores que matan”, no sabe decir “basta” porque no encuentra recursos internos para hacerlo.



En tanto a mujer y a varón les falte el armónico equilibrio entre las cualidades o energías masculina/femenina (para autoregularse interna y externamente), estarán impedidos de hacer crecer los recursos disponibles que les posibilitara elegir el más adecuado para resolver cada problema que les toque vivir.

En tanto comunidad, es imperioso reivindicar el valor e importancia de la energía femenina, no solamente en mujeres y varones, sino también en todas las organizaciones e instituciones sociales, y así co-crear una cultura en la que la complementariedad solidaria sea una realidad.


Juan Antonio Currado